Che, ¡qué cosa! Dije que soy fumadora, punto. Fumar no me convierte en nada más que en eso, una fumadora. Reconocer que es una adicción no me convierte en nada más que en una persona que entiende sus limitaciones (para, por ejemplo, dejar de fumar).
Tener un atado de cigarrillos en la cartera no me hace desconsiderada ni jodida ni mala. Si soy esas cosas, el pucho es anexo. Si no las soy, también. Fumo, sí, desde hace mucho, pero no hago apología, no invado el aire ajeno, no prendo un cigarrillo en un lugar en el que no se fuma, no lleno de humo la mesa en la que estamos comiendo, no fumo cerca de quién se siente mal cuando lo hago y no fumo donde hay criaturas.
Podemos salir a cazar fumadores como si fuesen brujas pero, ¡ey!, entonces cacemos también a todos los que hacen con su propia vida cualquier cosa que no nos haga inmensamente felices... Eso sí, ahí no hay excusas. Vos también vas a tener algo que le moleste a alguien.
¿Estamos dispuestos a pagar el precio de nuestra propia intolerancia?